Diez postales desde el décimo piso (1 de 10)

Martín Felipe Castagnet

Diez postales desde el décimo piso (1 de 10)

Diez postales desde el décimo piso, la mirada del escritor argentino Martín Felipe Castagnet, que nos acompaña en estos tiempos de puertas adentro:


I

A las nueve de la noche salimos al balcón y mi hijo comenzó a aplaudir. Hoy cumplió un año y para él la cuarentena es una fiesta. Nació a la hora exacta del equinoccio y ahora coincide con el inicio del aislamiento. Ayer mi mujer saqueó un cotillón; lo último que hizo antes de encerrarse en casa. A la mañana soplamos las velas sobre un alfajor; el departamento está lleno de globos celestes con nubes dibujadas y para poder transitar los guardamos dentro del corralito.

Hablo por videollamada con mi tía, que además es mi madrina: «Es cuestión de esperar a que pase el fulgor de todo esto». Y después: «Vivo en cualquier lugar menos en el calendario». Lo dice sin esfuerzo, sin intención de decir algo lindo, y por eso da en el blanco; me gustaría aprender de ella. Estoy acostumbrado al encierro, pero igual no me alcanza para ponerme en marcha. Avanzo con una traducción (colaboración mediante) y un poco menos con los artículos académicos; mi nueva novela está en un limbo desde que empezó la pandemia. Es difícil imaginar una novela fantástica cuando la realidad es más creativa que uno. Antes insistía que la ciencia ficción era el nuevo realismo; ahora el mundo está tan cambiado que exige, aunque sea momentáneamente, toda nuestra atención.

De otras partes del mundo llegan imágenes de animales salvajes avanzando sobre zonas turísticas que antes evitaban, como peces en los canales de Venecia o jabalíes en las avenidas de Barcelona. También es un poco exagerado y el resultado de una excesiva separación; lo extraordinario es lo que vemos todos los días, la notoria falta de animales entre nosotros y la invisibilización de los que sí hay, como muchos pájaros e insectos. Toda disrupción es breve y esta no parece ser la excepción, pero ofrece un buen pantallazo. The World Without Us («El mundo sin nosotros») es un libro publicado en 2007 del norteamericano Alan Weisman sobre qué pasaría si los humanos desaparecieran de pronto, con el avance de la vegetación por sobre las construcciones abandonadas y la recuperación de innumerables especies animales. Recuerdo una imagen en particular: cuando retroceda la próxima glaciación, la siguiente forma de vida en utilizar herramientas va a descubrir y quizás utilizar restos oxidados de nuestros cableríos y tuberías, pero sin saber de dónde provienen. Me lo descargué en PDF y lo tuve muchos años en Mis Documentos; recién lo busqué en los remanentes de mis computadoras viejas, sin éxito.

Con mi hijo me encargo de cuidar las macetas del balcón. Las regamos juntos, para que aprenda a ser suave, y arrancamos los yuyos, para que aprenda a ser cuidadoso. La ciudad está en silencio, pero en la esquina de casa se estrella un auto y el estruendo nos interrumpe la siesta, como en ese cuento de Ray Bradbury en el que dos ciclistas chocan de noche en el medio de la nada. Ya casi no se escuchan ruidos. Algunos globos resultaron de peor calidad y estallaron de pronto; me llevo los que quedan a la cocina, cierro la puerta y los pincho con un cuchillo. ¡Pum! ¡Pum! Los buenos globos, en cambio, se desinflan de a poco.

Este departamento, que alquilamos por poca plata, es un refugio de privilegiados. Tiene balcón, buena luz y una biblioteca de libros adorados. Cuando era chico me encantaban los libros de Fanfan del francés Pierre Probst: el joven protagonista tenía un barco y leía mientras comía una manzana en la comodidad de su camarote; afuera diluviaba y no había necesidad de salir. Dentro de poco ese sentimiento se va a desgastar, así que pienso disfrutarlo todo lo que pueda. Pienso en todas aquellas cosas que me ayudan cuando estoy mal, como hacerme un licuado de banana o compartir imágenes tristes en internet. Yo-Yo Ma (¿hay algún nombre mejor?) interpreta todos los días en Twitter un tema que le sirva de consuelo, y en estos tiempos de distanciamiento social compartir es una forma de sobrevivir. Y cuando nada más funciona: el olor a pan de leche en el cuello de mi hijo.

Siempre rápido en dormirme, esta vez tardo, como si el sueño se hubiera ido de paseo. Me acuerdo de esa frase de Mario Levrero: «¡Es tan breve el verano! Apenas el tiempo de cortar un tomate en rebanadas». Ya estamos en otoño. Buenas noches.

 

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Martín Felipe Castagnet (@mobymartin) nació en La Plata en 1986. Su novela Los cuerpos del verano ganó el Premio a la Joven Literatura Latinoamericana y fue traducida al inglés, al francés y al hebreo. En el 2017 publicó la novela Los mantras modernos y fue seleccionado por el Bogotá39 como uno de los mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años. Dicta talleres online y es uno de los editores de la revista Orsai.

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Foto de Dominique Besanson

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