Diez postales desde el décimo piso (5 de 10)

Martín Felipe Castagnet

Diez postales desde el décimo piso (5 de 10)

V

Se habla bastante de utilizar la cuarentena para terminar tesis o empezar novelas, y aunque me declaro culpable de incentivar ambas cosas, o cualquier otra semejante, yo la aprovecho para estudiar a mi hijo. Me interesa todo lo que tiene que ver con él, seguramente espoleado por la instrucción genética que me predispone a preocuparme por mis crías, pero sólo voy a mencionar dos cosas: de qué se ríe y de qué se asusta.

Ahora que tiene un año su risa es franca y escalonada, a veces hacia arriba y otras hacia abajo. Gorjea como un pajarito; intento repetir los sonidos que hace y no lo logro. Se ríe cuando da la vuelta completa al corralito o cada vez que reaparezco después de esconderme, se ríe nervioso cuando le hacemos cosquillas, se ríe solo cuando dormita en la cuna (¿duermen los bebés bajo el bosque lácteo de los sueños?), se ríe cuando hago una estupidez como ofrecerle la cuchara con los dientes. La que más me intriga: se ríe cuando alguien más intenta ponerse el chupete. ¡Eso lo descostilla! Como si entendiera (es claro que entiende) que el chupete no es para adultos, o que es únicamente suyo, su primera propiedad en este mundo al que llegamos sin nada.

Cuando se asusta su reacción también me resulta curiosa, incluso más que la risa. Cada vez que mi hijo tiene miedo no deja de mirar, como si sintiera el impulso contradictorio de esconderse y presenciar al mismo tiempo, una mezcla de terror y fascinación. Por más que queramos sobreprotegerlos, decía Maurice Sendak, los niños conviven con emociones perturbadoras y es a través de la fantasía que alcanzan la catarsis. Mi hijo le tiene un miedo atávico al Señor Patas Flacas, una araña patuda y dentro de todo bastante realista para los parámetros antropomórficos de Peppa Pig. Entonces chilla, o aúlla, pero sin despegar los ojos de la araña, y yo, que pensaba que esos miedos eran aprendidos, admito ahora que esa respuesta temerosa es parte de la misma herencia genética que apunta a la supervivencia de la especie. Lo mismo sucedió con un troll de peluche que le traje de regalo, de pelo grueso y azul, con garras, colmillos y hasta ombligo. Al poco tiempo mi hijo se fue acostumbrando al peluche y ahora acaricia, aunque con cautela, la jeta monstruosa.

Una vez dijo «papá» o algo que se le aproximaba («papapapá»), cada tanto un «no» (clarísimo), pero la primera palabra que dijo es «mamá». Cuando está angustiado, como al despertarse de manera brusca de una siesta y encontrarse solo, es la palabra que más repite: «mamá, mamá, mamá». A mis veinte años, punzado por la crueldad inagotable de nuestra especie, lloré todas las noches en el departamento al que me había mudado y decía, sentado en la cama y doblado en dos: mami, vení, ayudame, mamá. Todavía no había leído esos versos de Bukowski: «No pueden creer / que a menudo / me doblo en mi cuarto / agarrándome la panza / y digo / ¡Jesús Jesús Jesús, no / otra vez!».

¿En qué piensan los bebés cuando se quedan con la mirada perdida, cuando lloran sin razón, cuando hablan sin palabras? Cuando nació, me miró y se quedó así durante un rato, recién llegado, los ojos oscuros y la mirada transparente. Al final proyectamos en ellos lo que somos, quizás para desandar la injusticia máxima de la vida: nos olvidamos de todo lo que nos ocurrió en esos primeros años, al menos de manera consciente, justo en el período de nuestra vida en que más nos ayudaron.

Entonces me acuerdo, con pedantería pero sin maldad, del Carmen 17 del viejo Catulo: «El hombre es estupidísmo y entiende igual que un niño / de dos años que duerme en el brazo trémulo de su padre».


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