La lista de exceptuados (7 de 8)

8 relatos de Ángeles Salvador

La lista de exceptuados (7 de 8)

7. El funebrero

Hay menos muertos que antes. Hay menos deudos que antes. Y como siempre ningún resucitado. Perdón, es un chiste interno. Heredé la casa de sepelios de mi padre, que la heredó de su padre, y de su abuelo carpintero, el fundador. Una cosa llevó a la otra cuentan: unos encarguitos de cajones, una mano detallista para la madera, educado por la amistad casual con un maestro francés ebanista -esa es otra historia de amor, de arrebato al amor-, y la hechicería de mi bisabuela Colette, que casi que embalsamaba a nuestros muertos con talco, perfume francés y mortajitas de puntilla. Así crearon Casa Adán con un logo de trompetas doradas que todavía mantengo.

De chico, en los ochenta, la víspera noche antes de comenzar primer grado me explicaron a qué se dedicaba la familia como pidiéndome perdón. Pero acto seguido me mostraron los beneficios materiales que saltaban a la vista, un chalet en Olivos con jardín y pileta, los electrodomésticos más novedosos, el colegio privado, las vacaciones en Florianópolis y la cochería: un local importante en avenida Córdoba con tres salas velatorias y una flota con coches fúnebres y autos para deudos. Lo dijeron en términos de ganarse la vida. Pero no toda compensación al escozor macabro al que me sometían y al corrimiento del tabú fue material. Me hablaron de la esencialidad de nuestro quehacer. La muerte era un hecho, no había discusión, y el incordio del cadáver putrefacto cuidando el respeto, era algo que nos hacía muy humanos, mejores humanos, casi sacrificiales. Nos ocupábamos del pudor del final.

Así fue como a los dieciséis años vi mi primer muerto. Y a los dieciocho me mostraron in situ la técnica para acicalar al cuerpo y encajonarlo horas antes de que empezara el velorio. Era una señora que había muerto de vieja, por suerte. Nada de otro mundo. Pero impresionante. No vomité ni me desmayé. Solo me quedé pensando si sería lo suficientemente duro para ser funebrero. No quise estudiar medicina como instaba mi madre. No se me daba bien la memoria. Entonces decidí administrar la cochería y me endurecí. Soporté la truculencia como soporto ir de cuerpo. Años después murieron mis padres en un accidente automovilístico. Todo el local se vistió de fiesta para ellos. Así lo decidí. Y la vida siguió. Me casé con una florista muy sexy. Ella es pura alegría, color y erotismo. En casa siempre hay arreglos. En casa siempre hubo sexo. Tuvimos dos hijos que son mucho más cínicos que yo a su edad y me dicen Thanos para reírse de nuestro destino.

Mejoré el servicio, invertí en autos de primera línea, fui a congresos del rubro en Estados Unidos, que tienen la mejor variedad de ataúdes, atriles y amenities. Saqué algunas ideas para Argentina, para los argentinos. Mudamos Casa Adán. Cambiamos la decoración por una minimalista, tapizados grises y muchos cromo en lugar de bronces. Pusimos catering y música ambiental. Mandé a rediseñar el logo de trompetas por uno mucho más sintético. Y así le di un empuje al target de la empresa. Apuntamos a difuntos de categoría, empresarios, políticos, artistas que la pegaron. A veces, yo mismo, les redacto los avisos fúnebres en La Nación. Me tira la poesía.

Ahora, con la crisis del coronavirus estoy desconcertado con el negocio y con el futuro. No puedo dormir. Me puede ir bien, pero me puede ir mal. Se prohibieron los velorios y los sepelios en tierra (también tengo acciones en cementerios privados). Prohibieron tocar el cajón, llorarle encima de la cara al difunto, besarle los ojos. Mis cajones son premium y la gente los desestima por una opción más económica si no lo pueden ver. No hay dónde mandar coronas. Pero, ¿y si viene el pico que tanto vaticinan los científicos? Leo todo los días los gráficos, me hice experto. Diferencio perfectamente un índice de mortalidad de uno de letalidad. ¿Y si pasa la tragedia de Guayaquil con los muertos esperando sepultura en la vereda? Tengo que estar precavido. Tengo que bajar los costos de los ataúdes para poder vender. Pero los muertos no aparecen. Pareciera que la gente en sus casas vive más. O vive muerta, ya no sé qué espero.

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Ángeles Salvador
 nació en Buenos Aires en 1972. Publicó cuentos en diversas antologías y en revistas literarias. Publicó la novela El papel preponderante del oxígeno, Reservoir Books, en 2017 y este año publicará su segunda novela.